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mientras él daba la impresión de protegerla con su corpachón.
Los jóvenes se sentaron ruidosamente en los bancos a cada lado de la escalera y, con alegría,
empezaron a comer carne asada, guisos y tortas saladas que, a una señal del Gran Cocinero, los sirvientes
habían acercado, junto con unos bocales de buen vino, a las dos mesas.
Con la excusa de ayudar a sus hombres a desembarazarse pronto de aquellos inoportunos bulliciosos,
maese Stefano servía personalmente a Dona Evelyne unos platitos de exquisiteces elegidas aquí y allá de
entre los manjares ya preparados para la mesa ducal. Durante algunos instantes se quedaba fascinado con
los ojos gris-azulados de la mujer y con los hoyuelos de sus mejillas cuando sonreía. Luego, como para
recuperarse de un sueño y mientras se atormentaba la perilla, iba de inmediato a dar alguna imperiosa a
inútil orden a sus cocineros principales.
El paje Geraldo, con ojos adoradores y tristes, estaba sentado junto a Melita, cortejadísima como
siempre. La seguía por doquier sin apartarse de ella, soñando en vano con volver a poseerla tan disponible
y maternal, como durante la noche en Pisa. Mientras tanto, la circasiana bromeaba alegremente ora con
uno ora con otro, en particular con los dos amigos del duque Bartolomeo Stampa y Ridolfo da Pusterla y
con Manetto dei Portinari. A1 florentino lo vigilaban desde la otra mesa las dos damas de Valladolid
lanzándole torvas miradas.
Los jóvenes ya habían comido bastante y la cocina tenía que volver inmediatamente al trabajo sin gente
fastidiosa por medio; por eso, maese Stefano, sacudiendo el delantal como si quisiera espantar moscas,
expulsó casi a la fuerza al grupo de los Legados, que se precipitaron veloces hacia la escalinata. Doña
Evelyne, que era la última en salir, a mitad de la escalera se detuvo, se volvió hacia el cocinero y,
levantándose un poco el vestido con las manos para no tropezar, descendió corriendo por los peldaños.
Acercándose a maese Stefano, se puso de puntillas y le dio un sonoro beso en la mofletuda mejilla, para
luego desaparecer rápidamente escaleras arriba. Él se tocó el carrillo y, más colorado de lo habitual, se
volvió instintivamente hacia su amigo. Micer Jacopo le estaba guiñando el ojo, con una sonrisa irónica.
-¡A trabajar, holgazanes -chilló el Gran Cocinero a sus ayudantes, que habían observado un poco
sorprendidos la escena-, que pronto se hará de noche!
Y trató de asumir una actitud seria.
El trabajo bullía con un ritmo regular. Maese Stefano de vez en cuando iba a sentarse a una de las
mesas con el embajador Trotti, que ya había concluido sus compromisos protocolarios. El cocinero
descansaba unos instantes a intercambiaba algunas palabras con su amigo, mientras sorbían un trago de
garnacha de Corniglia bien helada, mantenida así en la nieve. Incluso sentado, el Gran Cocinero seguía
dirigiendo su numeroso grupo con señales de la cabeza o bien indicando con la mano los quehaceres,
primero a uno después a otro.
Fue durante una de estas pausas cuando bajó a la cocina Ambrogio da Rosate, el médico y astrólogo de
la Corte. Nunca tenía una cara alegre, pero en ese momento parecía más triste y angustiado de lo normal;
quizá sentía necesidad de sincerarse con alguien en quien confiara.
-¿Qué os pasa, maestro Ambrogio? -preguntó Trotti-. Parecéis un poco bajo de moral.
-Lo estoy, lo estoy, querido Embajador, y vos sabéis también por qué. Los astros y los hombres me han
revelado que sucederían cosas muy graves, que, por otra parte, están ocurriendo, pero no he podido hacer
nada por evitarlas. Es inútil que los astros os desvelen sus secretos más arcanos, si luego la ceguera de los
hombres hace vano todo consejo, toda insinuación de prudencia. Esta última noche me la he pasado
consultando antiguos textos que tratan de los influjos siderales, esperando haberme equivocado,
confiando en que las cábalas de Hermes Trismegisto me revelaran que lo que había visto no era cierto.
Noche desperdiciada, peor aún, un esfuerzo inútil y envilecedor. Ahora sé que los desdichados eventos
continuarán, pronto... muy pronto... -repitió como si hablara consigo mismo-, y seguirán hasta representar
una oscura amenaza incluso para nuestro mismísimo Ducado.
Sin proferir palabra, maese Stefano delicadamente le puso delante una copa de buen tinto de Borgoña.
El viejo, arrugado y cansado, le dirigió una muda mirada de gratitud; la necesitaba de verdad, y el
cocinero, ese buen hombre, lo había intuido.
El astrólogo, un poco reanimado por el calor del vino, continuó:
-Inerte, percibo la cercanía de la catástrofe que las estrellas y la Cábala me anuncian como próxima...
quizá ya se está madurando aquí, ahora. Aunque nada me está permitido hacer. A nosotros, hombres de la
Cábala, no sé si por suerte o por desgracia, nos es concedido escrutar las estrellas y vemos claros los
eventos lejanos, pero cuando están muy próximos en el tiempo, somos como ciegos que rondan por las
inmediaciones de un barranco del que conocen la existencia, pero no el lugar.
Ambrogio calló y permaneció en silencio mientras los otros trataban de aferrar el misterioso significado
de aquellas frases que parecían llegar desde muy lejos. Maese Stefano, siempre fascinado a impresionado
por las palabras del sabio astrólogo, no pudo menos qué preguntar:
-Entonces, maestro, ¿no se interrumpirá jamás la cadena de acontecimientos? Y dado que nadie puede
intervenir, ¿adónde irá a parar la libertad de elegir entre el bien y el mal? La Madre Iglesia nos enseña que [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]

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